sábado, 3 de septiembre de 2011

¿Hacia una cibernética poética?

La Biblioteca de Babel borgiana persigue el sueño romántico de la contención de todo libro posible, todo escrito imaginable; cualquier combinación posible de signos ya ha sido prevista en algún volumen que la contenga; independientemente de la lengua que se utilice, o incluso de que se utilice lengua alguna. Veinticinco es el número de signos ortográficos: ni guarismos ni mayúsculas; puntuación reducida al punto y a la coma, las veintidós letras del alfabeto y el espacio: la ausencia de caracteres es aquí un signo ortográfico[1].
Maurice Blanchot[2], en un gesto que resulta muy borgiano, señala que los textos se configuran, no a partir de los caracteres-letra que los compongan, sino en torno a los signos de puntuación. Signos valiosos por su no representatividad, por la discontinuidad disruptiva que no cesa de irrumpir en el texto, de modo que presentiza un vacío nunca enteramente presente, en todo caso siempre acechante y desgarrador. Este vacío, que abre la escritura a su propia diferencia a través de un signo que es y no es escritura, irrumpe en el trazo sin huella como lo aún no señalado del lenguaje, lo constantemente excluido. La escritura se abre esencialmente a lo no pensado, a lo innominable, a lo no representable —incapaz de pasar al lenguaje— justamente en el mismo movimiento en que deja de ser escritura, para ser espacio abierto, vacío, impulso…
¿Será en este vacío en donde se halle la posibilidad de un pensamiento que se aleje del mandato aristotélico? ¿Será esta diferencia la que permita morar poéticamente en el lenguaje? El vacío el reverso de la escritura, hiato en el entramado, experiencia de un afuera silenciosamente palpitante, y aún la experiencia de la escritura desencarnada, el entramar mismo, la faz escribiente de la propia escritura… Huimos de nosotros mismos hacia la confluencia de la escritura, y la escritura sin embargo nos llama y nos llama en cuanto hombres, llamado abisal de lo no pensado: el vacío como apertura esencial al tercero excluido.
La palabra se reconoce en el abismo que ha sido abierto por ella misma y se hace palabra poética. ¿Y qué es la poesía más que el habitar un tercero presente en su exclusión, excluido en su presencia? Este habitar es un morar poético en un lenguaje sangrante, desgarrado. La palabra espejada en el vacío, se hace vacío para no retornar; no es la palabra la que crea, sino el vacío que la habita en su interior. Sólo en esta experiencia escribiente, que encuentra en la crudeza del signo desnudo su revés, halla la poesía su posibilidad.
Sin embargo, ¿es nuestro habitar un habitar poético? Esta, nuestra experiencia de la escritura, ¿se halla abierta a un pensar el tercero excluido? El impulso a la escritura, esa energía pujante desde la palabra y hacia ella, la necesidad de escribir como ejercicio de sí, escapa de la tinta fluyente para ser simplemente pulso, un envío, la orden para efectuar su misma traducción.
¿Y qué es la escritura sino la traducción del impulso primero de vivir? La traducción: imposición de un logos a otro logos, informa(tiza)ción y deformación en vistas a una transformación. La palabra se entreteje en la escritura, ocultando su revés, y señalándolo, texturando un entramado de relaciones: un texto. Y sin embargo esta escritura-pulso, traducción de traducciones, no es la desgarrante experiencia de la palabra desencuadernada, librada a sí misma, sino la de una palabra ofuscada y perdida, y en todo caso enredada.
Enmarañada en sí misma, la palabra se enreda en las múltiples traducciones que la atraviesan y constituyen, enredar que es tanto un guardar celoso (contener: net) como un aguardar nuevas presas (cazar: web). La palabra en la red es siempre un entre, un plexo de relaciones, pero también un en, un adentro: un inter. La palabra en la red, un nodo; una de las múltiples y potenciales relaciones que la integran. Red que deviene red de redes (tan ancha como el mundo), haciendo del texto, hipertexto. Cada carácter contendrá aquí no sólo la orden para su re-traducción, sino enlaces a otros textos y a otras redes.
Enlaces, vínculos, relaciones: en la red la palabra es sus relaciones, nexos que se encuentran en constante (re)creación, texturándose, entramándose, y anulándose en lo que se advierte como una proliferación agobiante y de tendencia infinita. La palabra, último bastión de un lenguaje diverso y plurívoco, es desmembrada y desplazada hacia la codificación. Entonces lnet deviene web: no son las redes del lenguaje las que nos apresan, sino las redes de la traducción.



[1] La biblioteca borgiana se enfrenta a un problema del cual podría escapar: es una biblioteca occidental, aún cuando no se exprese en ninguna lengua en particular; por su órtosis, es una biblioteca latina.
[2] Blanchot Maurice, “Nietzsche y la escritura fragmentaria”, La ausencia de libro. Nietzsche y la escritura fragmentaria, Ediciones Caldén, Buenos Aires, 1973.

jueves, 9 de junio de 2011

Hacia una cibernética poética

A la vera del arroyo, los perros encuentran su lugar. Vagabundos y desconocidos de sí mismos, se echan junto al fuego, donde el fogón reúne a otros que, como ellos, también son kunós. En silencioso convivium, anucleados al calor de la hoguera, perros y hombres hallan su hogar, que habrá de desvanecerse tan pronto como las brasas se apaguen. El fuego, como ocasión (lo presente, aquello que cae delante), convoca; desde su fuerza, interpela, y se deja oír. La saciedad, el chisporroteo, la acogedora singularidad del acontecimiento, invita a unos a la siesta, a otros al canto y al cuento. Consumidas las llamas, uno a uno los vagabundos se pondrán nuevamente en marcha, sin necesidad de despedirse.
El fuego se extingue, el foco de encuentro se proyecta (como pro-mesa) en tantos otros focus, siempre casual, siempre improvisado… desde la lejanía, desde la impresente presencia, el focus ya no convoca al convivium, sino a la comisión, envío conjunto en el que desde el encuentro se patentiza la ausencia. La ocasión de encuentro ya no urge el abrigo de las inclemencias del tiempo; y del focus en tanto locus sólo permanece la luz, como pulso último de transmisión para que el encuentro sea suscitado.
La convocatoria tácita del fogón se desvanece, y en la digitalidad es la pantalla quien acoge el encuentro; acoger mediado por un enfocar la vista, que no es más que un poner en foco. La pantalla como ocasión, pero también como soporte único del encuentro, y aún como desencuentro, fuga de todo soporte, dilución de toda presencia. El envío, carente de receptor y receptáculo que lo petrifiquen, es en principio proyector y navegante, y en todo caso amante del suspenso: pendiente en el u-topos, el envío, como pulso, late.
¿Qué es lo que, latiente, espera suspendido? ¿El delay imperceptible que implica el conducir el envío a través de no-espacios y no-lugares? ¿La orden de efectuarse a sí mismo como traducción? ¿O será acaso el movimiento envolvente y difuso de una escritura desbocada, desplazada de todo soporte, diversa, plural, siempre diferida, en fin, de una escritura sin sostén, insoportada?
La escritura que patentiza la palabra e ignora el vacío como su conquista y destino, olvida a su vez que en la web también se escurre el sí mismo, se desvanece el autor, desaparece la obra.
¿Cuál es, entonces, esta, nuestra experiencia de la escritura en la web? Escritura sin nombres, marcada por una ausencia siempre rebatida, siempre refutada, donde el autor es desplazado por la máscara, el como si, el avatar, y la identidad no es más que un juego; escritura que no piensa ya al lector, escritura para nadie porque lo es —potencialmente (pero también: con una potencia que tiende a efectivizarse)— para todos.
¿Qué implica este para todos? La web aparece como entramado pluridimensional de múltiples discursos, de diversas voces, sin por ello abarcarlos todos ni ceñirlos a unidad alguna. Por el contrario, la red se halla en constante creación y recreación de sí, vertiente escritural de decires que ora se enlazan y entrecruzan, ora se desestructuran como nodo para perderse y alejarse de sí. Pero aún esta palabra olvidada, en tanto envío lanzado y no recibido —no clausurado—, permanece latente, a la espera, quizás, de una recreación de la red.
La red nunca es igual a sí misma, porque en principio no hay tal red. El entramado no es más que un entramar, un traducir(se) constantemente, sin tregua, sin fin. La escritura-pulso, el texto-red huye de todo soporte, de toda violentación, incluso de toda nominación: decir “la red” equivale ya a apresar los procesos, a ocultar la operación de traducción detrás de cada carácter, de cada pixel, de cada nota musical… equivale, en definitiva, a olvidar que detrás de esta escritura escribiéndose no hay más que más escritura, no ya en la forma de la palabra, sino en la forma encubierta de un fondo, de un cursor, de un procesador de textos.
La web. Soporte infirmus, si es que lo hay. Enfermo y en todo caso inestable, siempre cambiante... ingobernable. Y sin embargo, sobre lo no-firme, es posible navegar. ¿Navegar poéticamente?
Aquel vacío que desgarrara una experiencia de la escritura desentendida ya, por fin, de todo sujeto escribiente, aquel vacío que susurrara constantemente esa no presencia, constata en su incansable persistencia que las amarras que otrora nos sujetaran a tierra firme ya no ligan a puerto alguno, y que hace tiempo que nos mantenemos a la deriva.
Desde las profundidades del abismo, lo no pensado acecha, latiente.