sábado, 3 de septiembre de 2011

Continuidad del ladrido

Perro en bote zozobra. Por vez segunda.
Hay, dicen, una deuda. Había quedado algo por decir (y después de todo, incluso después de todo, siempre lo habrá).
Perro en bote abandona la pseudonimia, trueca apodos por apellidos, da por agotados los nombres falsos, sólo para restituir otros, no menos ficticios. Perro en bote recupera el nombre que sus muertos le han legado, y pone proa a los por venir, amén de empeño al celo.
Perro en bote lo sabe, lo huele, lo siente en el hocico: el juego es necesidad, la ficción, verdad, y la escritura, el azar y lo por ganar.
Perro en bote no sabe saldar cuentas, mucho menos pedirlas; tampoco ha prometido hacerlo. Y al final, sólo puede cagarse en ellas.
Perro en bote meridianea.

viernes, 10 de junio de 2011

Rapsodia inicial

Perro en bote navega por vez primera, dejándose implicar, con su proverbial seriedad, por los pliegues y las formas del soporte virtual, explorando sus rincones y sus torsiones.
Perro en bote, sin embargo, no desconoce que el oleaje horada, agrieta y deshace su transporte; no cavila, pues, a la hora de enfrentar el vértigo del líquido soporte, la desnudez de la espuma que atraviesa las pantallas e inunda los oídos, el vértigo de la bocanada escamoteada a un siempre afásico chapoteo. Perro en bote pone el cuerpo, la fuerza o el diente ahí donde la metafísica languidece, cual trémulo edificio o escombro quejumbroso.
Abandonar el bote exige todavía algún bote que abandonar: escribir, devenir otro, transfigurar en alias, apodarse. La escritura o el pensamiento como experiencia conjunta, grupal, epidérmica, orgiástica; el soporte virtual como soporte o elemento o excusa. Perro en bote se embriaga y convalece ahí donde el hombre se reconoce y muere.
Perro en bote amanece.